Francesca Woodman (Denver, 1958 - Nueva York, 1981) es la excepción.
Hija de dos artistas, la ceramista Betty Woodman y el pintor abstracto George Woodman, Francesca se acercó a la fotografía cuando tenía apenas 13 años.
Aunque era muy joven, su vocación artística era muy clara. Siendo niña sus padres la llevaban a museos donde pasaba horas haciendo bocetos de las pinturas que llamaban su atención.
Después de estudiar en un internado se matriculó en la Rhode Island School of Design (hacia 1976) donde destacó por su talento natural y la originalidad de sus fotografías.
Las imágenes de Francesca, la gran mayoría monocromáticas y en formato 1x1, parecían seguir un ritual. Eran auténticos “actos performáticos” que planeaba cuidadosamente, como lo revelan sus numerosas notas.
En muchas de sus fotografías aparece ella misma, aunque hay razones para pensar que en ese hecho hay mucho menos de carácter autobiográfico de lo que parece a primera vista. De hecho en muchos casos podría decirse que ni siquiera son, en sentido estricto, autorretratos. Su presencia tampoco parece ser fruto de una obsesión narcisista, pues resultaba ser más una mera solución práctica y utilitaria. Aunque pudiera sonar a obviedad, cuando Francesca requería de una modelo, ella misma siempre estaba a la mano.
Sus métodos eran de una consistencia auténticamente ritual: fotografiar en edificios semi-derruidos, viejas casas con amplios espacios abandonados. En este ambiente, que muchos han querido identificar como gótico, Francesca exploraba con su cámara un mundo poblado de ángeles y fantasmas. Su uso de los tiempos de obturación largo ofrecían, frecuentemente, barridos que acentuaban la fugacidad y evanescencia del cuerpo y jugaban con la dualidad aparición/desaparición.
La fotografía que hoy compartimos con el lector se titula “Polka Dots” y se realizó en Providence (Rhode Island) en 1976. Es una imagen que sintetiza buena parte del estilo de Woodman: espacio cerrado y decrépito, texturas, la propia fotógrafa como modelo y el juego de ambigüedad. Es una imagen donde la sugerencia equilibra la literalidad del medio fotográfico.
Aunque muchos han querido identificar y enmarcar a Francesca dentro de la segunda oleada del feminismo, Woodman parecía más preocupada en explorar su propia corporeidad y la fusión de su ser con el entorno. Su trabajo fotográfico resulta un catálogo de conceptos, exploraciones y ejercicios escolares donde no es difícil encontrar fronteras definitorias.
Francesca pasó desde niña los veranos en Italia: Sus padres tenían una casa de campo. Como parte de un intercambio en su escuela estudió en Roma entre 1977 y 1978. Gracias a su fluido italiano logró trabajar amistad con intelectuales y artistas italianos.
En 1979 Woodman se mudó a Nueva York cuando tenía 22 años. La gran manzana resultó ser una metrópoli totalmente alejada de los ambientes abandonados que hallaba en Providence o del ambiente artístico que le había acogido en Roma. Francesca no encajó en el frenesí neoyorkino.
Quiso trabajar en el mundo de la moda pero a nadie le interesó su estilo. Solicitó becas pero fue rechazada. Ella, una artista tan sensible y con tanta necesidad de atención comenzó a sufrir un serio desequilibrio por los rechazos laborales, artísticos y hasta sentimentales. Para 1980 sufría una depresión severa. En otoño de ese año intentó suicidarse y comenzó a asistir a terapia; a partir de entonces sus padres no la dejaban sola ni un solo momento.
Cuando Francesca parecía estar mejor pidió regresar a vivir sola. Sus padres, al encontrarla mejor, optaron por dejar aquella opresión que sabían que asfixiaba la vida artística de su hija.
Sin embargo Francesca, en solitario, se quitó finalmente la vida en enero de 1981: se arrojó al vacío desde el edificio en el que vivía en el East Side de Nueva York.
El hecho de su suicidio afectó todo cuanto le rodeaba. Con su muerte nació una leyenda: Francesca se volvió eterna, suspendida por siempre en el tiempo, preservada en los haluros de plata. A partir de entonces sus padres comenzaron a marchitarse y, paradójicamente, la leyenda de Francesca no ha dejado de crecer desde entonces.
La anécdota de su muerte impregnó inicialmente su trabajo el cual finalmente encontró su propio lugar en la historia de la fotografía. Con más de 10,000 negativos, la fotógrafa dejó un cuerpo de obra que artistas de la talla de **Graciela Iturbide** o **Cindy Sherman** han declarado admirar.
Francesca Woodman vivió una adolescencia rodeada de ángeles y fantasmas que impregnaron sus fotografías; nadie sospechó que también habitaron en ella los más misteriosos demonios.

Informe especial sobre Francesca Woodman disponible en:
https://oscarenfotos.com/2016/04/02/francesca-woodman-la-evanescente-informe-especial/